El país de las redes sociales arde en indignación todos los días.

Si mides el éxito de este gobierno leyendo las columnas de opinión tradicionales o escuchando las quejas de sobremesa en los clubes, la conclusión es evidente: el país se está cayendo a pedazos. Hay escándalos, crisis ministeriales, parálisis administrativa y un ruido mediático ensordecedor que presagia el apocalipsis absoluto.

Pero cuando revisas los números fríos de popularidad con los que el presidente se acerca al final de su mandato, la matemática rompe la lógica de los analistas. El respaldo se mantiene de pie, sólido y resistente al fuego.

¿Cómo es posible que un gobierno con tantos incendios mantenga esa lealtad?

La respuesta es tan cruda que la clase media y alta prefiere ignorarla: la realidad nacional no se puede medir desde la comodidad de un sofá. Los que no le encuentran explicación a estos números padecen de una ceguera voluntaria, producto de vivir en una burbuja donde el país se evalúa con métricas que la gran mayoría no entiende, no comparte y, sobre todo, no le importan.

El error de medir el país con hoja de cálculo

La élite y los círculos de opinión analizan a Colombia mirando hacia arriba.

Miden el éxito de un gobierno según la fluctuación de la tasa de cambio, el comportamiento de la bolsa de valores, la calificación de riesgo internacional o la fluidez de las mesas técnicas. Evalúan el país desde la lógica del capital, la inversión y la estabilidad de las instituciones.

Pero olvidan un detalle estadístico demoledor: ellos son la absoluta minoría.

El grueso de la pirámide demográfica colombiana no revisa a cómo amaneció el dólar. Revisa si hay con qué resolver el almuerzo. Cuando el analista económico grita horrorizado en televisión que la inversión extranjera está huyendo, el ciudadano de la base simplemente bosteza. ¿Qué le importa la fuga de capitales globales a una persona que jamás ha cruzado la puerta de un banco para pedir un crédito?

Mientras la burbuja exige renuncias por la falta de rigor técnico en un ministerio, la base del país está ocupada sobreviviendo. Operan en dos frecuencias que jamás se van a cruzar.

La soberbia de la "educación electoral"

Ante esta desconexión, la oposición comete un error de soberbia intelectual imperdonable.

Asumen que la base popular apoya al gobierno por pura y física ignorancia. Creen que si le explican a un vendedor ambulante las consecuencias de la inflación o los peligros del déficit fiscal, este se dará cuenta de su "error" y cambiará de bando. Pretenden dictar clases de cívica desde el privilegio.

Pero el pobre no vota por ignorancia; vota con un pragmatismo calculador y letal.

Cuando el Estado te ha fallado toda la vida, tú no votas para proteger las instituciones macroeconómicas. Votas por el único que te ofrece una transferencia directa, un subsidio inmediato o, al menos, la validación de tu resentimiento. No es falta de educación; es pura economía de supervivencia.

El callo de la exclusión: El miedo a perder lo que nunca se tuvo

Aquí es donde la indignación de las élites hace cortocircuito. Los círculos de opinión intentan restarle popularidad al presidente advirtiendo sobre el colapso inminente de los sistemas institucionales, sin entender que le están hablando a una pared.

Tomemos como ejemplo el intocable sistema de salud.

Los noticieros se desgarran las vestiduras hablando de la crisis de las EPS, las reservas técnicas y la viabilidad financiera de las clínicas de alta complejidad. Pero para el ciudadano que vive en el rincón más olvidado del país, o en la miseria de la periferia urbana, ese debate es simple ruido blanco.

¿Cómo asustas con la caída del sistema de salud a una persona que vive a tres horas en chalupa del médico más cercano? No puedes.

Esa Colombia profunda tiene un callo histórico. Está acostumbrada a la muerte de los suyos por enfermedades prevenibles. Siempre ha vivido en la precariedad y su única política pública ha sido la resistencia. Para ellos, el altisonante "sistema general de seguridad social" es un mito urbano del que disfrutan los que viven en los barrios acomodados.

No puedes amenazar a alguien con quitarle algo que, en la práctica, nunca ha tenido.

La nostalgia de la finca y el privilegio de la seguridad

Esa misma desconexión ocurre con la carta más fuerte de la oposición: el terror a la inseguridad.

Para intentar quebrar la popularidad del gobierno y evitar su continuidad, apelan al pánico. Advierten que los grupos al margen de la ley se están tomando las ciudades y que el país se va a acabar. Para inyectarle fuerza a ese discurso, apelan a la nostalgia, recordando con terror aquella época en que no se podía viajar por carretera ni ir a la finca el fin de semana por miedo a una pesca milagrosa o un secuestro.

Es un argumento impecable, pero diseñado exclusivamente para quienes tienen algo que perder.

El miedo a no poder ir a la finca es un privilegio exclusivo de quienes tienen finca. El terror a no poder transitar libremente por las carreteras nacionales solo asusta a quienes tienen un vehículo para salir de turismo el fin de semana. Cuando le lanzas ese mismo discurso apocalíptico a una persona en una comuna marginada, el mensaje rebota en el asfalto.

El Estado paralelo de la base

Para la base de la pirámide, la llegada de las estructuras criminales a los barrios no es una ruptura del sistema; es el sistema mismo.

Mientras el estrato seis se horroriza en Twitter por la pérdida de la institucionalidad, el ciudadano de a pie ya tiene interiorizada la presencia del actor armado. En esos barrios, el grupo ilegal es la autoridad de facto desde hace décadas. Ellos son los que prestan plata cuando los bancos cierran la puerta, los que resuelven los problemas de linderos y los que castigan al ladrón de la zona ante la ausencia absoluta de la policía.

El miedo a "perder el Estado de derecho" no existe en los lugares donde el Estado jamás ha patrullado.

La política del símbolo y el espejo que nadie quiere mirar

Al final del día, el presidente no necesita ser un buen gerente administrativo para mantener su popularidad. Le basta con dominar la política del símbolo.

Él entendió que a la inmensa mayoría de este país no le importa la ejecución presupuestal perfecta. Le importa que por fin haya un gobierno que señale con el dedo a las élites tradicionales y les diga: "Ellos son los culpables de su miseria". El presidente gobierna reivindicando histórica y simbólicamente a los que siempre estuvieron debajo de la alfombra.

En la balanza de la supervivencia electoral, esa conexión emocional y económica pesa más que la paranoia institucional.

El candidato de la oposición se para en una tarima a prometer que va a salvar las instituciones, a proteger la inversión y a asegurar las carreteras. El gobierno de turno no necesita prometer eso; solo necesita recordarles a los más pobres que si gana el otro bando, se acaban los subsidios y vuelve a gobernar el club privado que siempre los ignoró.

Ante esa disyuntiva, el ciudadano de la base vota por asegurar su estómago y su dignidad, no por salvar una República de papel.

Mientras la burbuja de opinión siga creyendo que sus indignaciones, sus hojas de cálculo y sus nostalgias representan el sentir de cincuenta millones de personas, seguirán estrellándose violentamente contra la realidad de las urnas. La popularidad del presidente no es un misterio esotérico ni un error estadístico; es el simple resultado matemático de enfocar la narrativa del Estado en una población que no tiene tiempo de defender un país que no conoce, porque está muy ocupada sobreviviendo.

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