El miedo es la mercancía que más se vende en el mercado electoral colombiano.

No paga impuestos, no necesita bodegas de almacenamiento y no sufre con la inflación. Pero tiene una ventaja suprema: tú mismo te encargas de distribuirlo, completamente gratis, a través de tus grupos de WhatsApp familiares y tus trinos furiosos de medianoche.

Mientras en los países serios exigen planes de gobierno y gerencia, en nuestro platanal saben una verdad inconfesable.

La decencia no consigue votos, el terror sí.

En Colombia no elegimos presidentes ni alcaldes pensando en quién administra mejor la plata. Votamos secuestrados por el pánico, en puro y físico modo de supervivencia.

El marketing del miedo no es una campañita sucia de última hora.

Es el sistema operativo de nuestra polarización, la industria más rentable del país y la razón exacta por la cual seguimos atrapados en un ciclo infinito de decepción. Por eso, cada cuatro años, terminamos eligiendo al "menos peor".

El secuestro del sentido común

Para entender por qué el miedo es el negocio perfecto, hay que mirar cómo nos comportamos cuando nos sentimos acorralados.

El ciudadano promedio de este país no es tonto. Sabemos perfectamente lo que Colombia necesita: que la corrupción nos tiene en la quiebra, que la salud requiere camas y no discursos, que las carreteras dan lástima y que la educación pública no avanza a punta de promesas.

Sin embargo, a la hora de tener el tarjetón en la mano, se nos olvida todo.

¿Por qué? Porque el pánico apaga el sentido común.

Cuando un político te convence de que el país está a 24 horas del apocalipsis, a ti te deja de importar su hoja de vida.

Un ciudadano aterrorizado no pide ver la experiencia del Ministro de Hacienda, no revisa la letra menuda de los contratos estatales y no hace preguntas incómodas. Su única prioridad es asegurarse de que el "monstruo" del otro bando no llegue al poder.

Bajo los efectos del miedo, el votante perdona cualquier acto de corrupción y cualquier ineptitud a los de su propio equipo.

Ese es el truco de magia más descarado de nuestra política. Te hacen creer que tu voto es un escudo protector para salvar la patria, cuando en realidad es un cheque en blanco. Se lo firmas para que sigan saqueando la caja fuerte mientras tú miras asustado por la ventana.

Los tres carteles del mercado electoral

Para que este negocio sea redondo y no deje escapar a un solo votante, la clase política se dividió el mercado en tres grandes carteles.

Cada uno ha fabricado su propio fantasma, confeccionado exactamente a la medida de las inseguridades más profundas de sus clientes.

1. El fantasma del salto al vacío y la expropiación

Este es el caballito de batalla de la derecha tradicional.

Se alimenta del pánico legítimo de la clase media y del sector productivo a perder lo poco que tienen. La narrativa es implacable: te repiten mil veces que el país está a un paso de convertirse en la peor versión de Venezuela y que te van a quitar tu casa, tu pensión y tu negocio.

El emprendedor colombiano es la presa más fácil de este discurso.

Ese ciudadano ya vive un infierno diario intentando sobrevivir a los impuestos, a los sellos de la notaría, a los sobornos de tránsito y a la burocracia que le exige la fotocopia al 150% para dejarlo trabajar. Su miedo a que un decreto trasnochado le quite lo que ha construido con sangre es tan grande, que se rinde por completo.

¿Cuál es el resultado?

Ese ciudadano honesto termina votando por las maquinarias de siempre. Justifica que el contrato de la alimentación escolar se lo gane el cacique regional de turno, y acepta la "mermelada" como un daño colateral inevitable.

"Sí, son unos ladrones, pero al menos no nos van a volver comunistas".

El miedo dejó la barra de exigencia por el piso.

2. El fantasma de las élites asesinas y el fascismo

En la otra esquina, la izquierda ha fabricado un "coco" igual de paralizante.

Se nutre del resentimiento por la desigualdad histórica, de la brutalidad de algunas instituciones y del clasismo que tenemos tatuado en la cultura. Su estrategia consiste en vender la idea de que cualquier exigencia de austeridad o queja por falta de resultados es un plan macabro de la oligarquía para masacrar al pueblo.

Este cartel es experto en convertir su propia ineptitud en una novela de heroísmo.

Si un ministerio nuevo se gasta miles de millones en burocracia pero no ejecuta obras, no es porque sean malos administradores. Te dirán que es por culpa de los medios, de la oligarquía y de una conspiración mediática que no los deja gobernar.

El elector de este bando entra en un estado de negación absoluta.

Ese ciudadano progresista, que marchó exigiendo transparencia, termina aplaudiendo que contraten a dedo a los amigos, defiende las alianzas oscuras con politiqueros tradicionales y perdona los sobornos moviéndose en camionetas blindadas.

"Sí, salieron igual de mañosos e ineptos, pero al menos estos son del pueblo".

Otra vez, el miedo sirviendo de alfombra para tapar la mediocridad.

3. El espejismo del "Centro": Los mercaderes de la tibieza

Y luego tenemos al autodenominado Centro Político.

Si los extremos te venden el terror a la dictadura comunista o fascista, el centro te vende el miedo a la pelea misma. Su negocio es venderse como el único adulto responsable en un cuarto lleno de niños armados con cuchillos.

Pero no nos digamos mentiras.

En Colombia, el centro político rara vez es una ideología estructurada; casi siempre es una sala de espera para cobrar burocracia. Es el refugio perfecto de los políticos tradicionales que, al ver que el logo de su partido ya apesta, se quitaron la corbata, se pusieron tenis blancos y fundaron un movimiento "independiente".

El centro-derecha camufla al delfín de siempre con un discurso de gerencia moderna.

Por su parte, el centro-izquierda agrupa a los académicos con complejo de superioridad moral. Te dan clases de ética en público, pero en privado están calculando cuántos votos les faltan para pasar a segunda vuelta y asegurar su curul.

El problema del centro es que su modelo de negocio es el clientelismo vergonzante.

Se rasgan las vestiduras en televisión exigiendo decencia, pero terminan dándole el voto clave a los extremos a cambio de un ministerio o una embajada. Usan tu miedo a la polarización para cotizarse al mejor postor.

Los socios ocultos del circo

Lo que la gran mayoría de los indignados en Twitter se niega a aceptar es que estas tres facciones no son enemigos a muerte.

Son socios de negocios.

Se necesitan con urgencia. Sin la amenaza del caos, la derecha se quedaría sin discurso. Sin la amenaza de la ultraderecha, la izquierda tendría que responder por su desastre administrativo. Y sin los gritos de los otros dos, el centro no tendría a quién señalar para vender su falsa superioridad moral.

Cada bando es la gasolina del otro.

Mientras los ciudadanos de a pie se insultan en Facebook, pelean con sus familias, sufren de ansiedad por el futuro del país y se desgastan debatiendo contra perfiles falsos, la verdadera política sigue facturando sin distracciones.

Mientras te desgarras discutiendo sobre ideologías, las instituciones operan sin molestias.

El famoso "CVY" sigue fluyendo en las licitaciones, los contratos a la medida se redactan en las alcaldías y los "micos" se cuelgan de madrugada en el Congreso. El marketing del miedo te tiene mirando al payaso en la tarima para que no notes cómo te roban la billetera en la taquilla.

¿Por qué lo bueno no da rating?

En este mercado saturado de pánico, hablar de administrar bien es aburridísimo.

A nadie le importa.

Las campañas decentes fracasan en Colombia porque somos adictos a la sangre y al escándalo. Una propuesta técnica sobre cómo arreglar un cuello de botella en un ministerio no genera ni un solo retuit. Los algoritmos de las redes premian la furia, y los políticos lo saben.

No queremos un gerente aburrido que haga que las cosas funcionen.

Queremos un gladiador que nos prometa destruir y humillar a la otra mitad del país que odiamos. Hemos convertido la política en un partido de barras bravas, donde ver al equipo rival perder duele menos que exigirle a nuestro propio equipo que juegue limpio.

El antídoto contra la estupidez colectiva

El marketing del miedo es una estafa masiva.

La única forma de quebrarla es que el cliente deje de comprar el producto.

Bajarse de esta montaña rusa requiere mucha cabeza fría. Implica entender que Colombia es un país demasiado enredado e ineficiente como para acabarse en cuatro años por culpa de un solo bando, y demasiado grande como para ser salvado por un mesías de izquierda, derecha o de tenis blancos.

Ningún caudillo va a arreglar con un discurso lo que requiere años de trabajo y honestidad.

Dejar de ser los tontos útiles del sistema significa dejar de votar a la defensiva. El verdadero acto de rebeldía hoy no es agarrarse a gritos en la calle ni defender a capa y espada a un político en redes sociales.

El verdadero acto de rebeldía es dejar de aplaudir discursos y pedirles las facturas.

Es tener los pantalones para exigirle al candidato por el que tú votaste que muestre resultados, que ejecute el presupuesto y que rinda cuentas claras.

Hasta que no dejemos de tragarnos el cuento del miedo, seguiremos yendo a las urnas cada cuatro años temblando de pánico.

No para elegir a los mejores gerentes públicos, sino para elegir qué monstruo preferimos que nos devore. Y mientras tanto, ellos seguirán viviendo sabroso a costillas de nuestro miedo.

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