Dejemos de romantizar la política con palabras bonitas como "pragmatismo" o "acuerdo programático". Lo que pasó tras la consulta de la derecha no fue una alianza para salvar al país; fue una transacción de mostrador. Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo nos acaban de dar una clase magistral de oportunismo electoral, y a millones de votantes les vieron, literalmente, la cara de idiotas.
Aterricemos la farsa, porque el nivel de cinismo de esta fórmula vicepresidencial es de no creer.
El espejismo del candidato "diferente"
A Juan Daniel Oviedo hay que reconocerle algo: nos vendió humo del bueno. Se presentó a la Gran Consulta del 8 de marzo empacado al vacío como el "outsider", el técnico independiente, el hombre de los datos que no se untaba de la politiquería tradicional. Más de un millón de personas, en su mayoría jóvenes y votantes urbanos hastiados de los extremos, le compraron el tiquete.
Pero bastó con que la Registraduría diera a Paloma Valencia como ganadora para que el disfraz de independiente se cayera a pedazos. Sí, la ley electoral colombiana es una trampa mortal y le prohibía lanzarse a la presidencia por su lado después de perder. Estaba acorralado. Pero una cosa es que la ley no te deje ser presidente, y otra muy distinta es correr a mendigarle la vicepresidencia al partido que históricamente ha pisoteado todas las banderas de inclusión y diversidad que tú mismo encarnas. A Oviedo no lo obligó la Registraduría a subirse a esa tarima; lo obligó su propio apetito burocrático. Cambió a sus votantes por un puesto en la foto. Oportunismo puro y duro.
El disfraz de inclusión de la derecha
Y si lo de Oviedo es triste, lo del Centro Democrático es un insulto a la inteligencia de sus propias bases. Ahora resulta que el partido que hizo carrera oponiéndose al matrimonio igualitario, que pataleó contra el enfoque de género y que defiende a capa y espada la familia tradicional, es el faro de la diversidad en Colombia. Por favor.
Paloma Valencia no escogió a Oviedo porque de repente se volvió progre o porque le fascinen sus tablas de Excel. Lo escogió porque los números internos le gritaron en la cara que su nivel de radicalismo asusta a las ciudades y la condena a perder en segunda vuelta. Paloma compró a Oviedo para lavar la cara de una derecha recalcitrante. Es una estrategia de marketing baratísima: ponerle un filtro urbano y "cool" a una maquinaria que sigue siendo la misma de siempre.
Los verdaderos perdedores
En este matrimonio antinatura, los únicos estafados son los que madrugaron a votar:
El primíparo indignado: Ese pelao universitario bogotano que votó por Oviedo creyendo que estaba desafiando al establecimiento, hoy se da cuenta de que su voto terminó sirviendo para aceitarle la campaña a la derecha más dura del país.
La base conservadora: Esa señora en Antioquia o en el Eje Cafetero, a la que llevan diez años diciéndole por WhatsApp que hay que votar por la derecha para proteger "los valores", y que hoy tiene que tragarse un sapo del tamaño de un estadio para marcar el tarjetón.
Al final, Paloma y Oviedo nos demostraron que en la política colombiana el agua y el aceite sí se mezclan, siempre y cuando haya una Casa de Nariño de por medio. Nos vieron la cara, nos cobraron el millón de votos por ventanilla, y nos dejaron claro que los principios duran exactamente hasta el día del preconteo.